Por Lucero E. deTakahashi
Ella y yo somos grandes amigas. Nos conocemos desde antes de la fundación de nuestro mundo. Fuimos presentadas “al toque” desde el vientre de nuestras madres, lo cual nos hizo saltar de alegría, así como les ocurrió a los dichosos bebés de esas primitas de casta sacerdotal. Me refiero a Miriam y Elisheva en Ein-quérem.
Juntas íbamos por todos los recovecos de la vida, hasta que ocurrió esa noche. . .
* * *
Esa noche fría, típica del invierno de la aldea de la Perricholi, la Ciudad de los Reyes, o de los Virreyes, como la llamaba el Virrey Amat. Era domingo.
Muy emocionadas habíamos ido juntas a un acto de acción de gracias en una iglesia evangélica; ella por primera vez.
Se había anunciado que estaría de visita un archi conocido predicador, el Pastor Jirafales, y daría palabras de exhortación y motivación de que tanto carecemos. Ambas queríamos conocerlo.
El fue presentado y se le concedió la palabra. Realmente fue muy elocuente en su introducción, y nos pusimos a escuchar su discurso con suma atención. Salvo unos breves momentos en que mi amiga, y también yo, nos entretuvimos jugando con una pulserita de plata con incrustaciones de oro y diseños incaicos que había recibido de regalo, no hacía mucho, en el día de su cumpleaños. Realmente la lucía orgullosa.
* * *
Terminado el acto de acción de gracias fuimos, juntamente con muchas personas que se nos adelantaron, para saludar al pastor y felicitarle por sus atinadas palabras. No era tan guapo, como para que digamos: “¡Qué bestia!” Pero sobresalía por encima de los hombros de todos, y eso también cuenta.
Le llamamos:
—¡Pastor! ¡Pastor Arriba!
Nos equivocamos respecto de su apellido: Era el Pastor Rivas.
Logramos alcanzar su mano, y le dijimos:
—¡Nos gustó mucho su mensaje!
Nos respondió algo enfadado:
—Mi nombre es Mario Rivas Plata.
Estrechamos su mano cariñosamente y le dijimos:
—Disculpe, pastor.
Pero aquí está el detalle.
* * *
Al ver la pulsera de plata en la muñeca de mi amiga inseparable, el Pastor Rivas Plata exclamó:
—¡Ta, ta, taaa!
Y actuando como juez la sentenció sin misericordia:
—¡Esa pulsera tiene motivos paganos! ¡Eso es algo impío! ¡Una verdadera hija de Dios no usa esto, ni ninguna clase de pulsera! ¡No la necesita, pues tiene la gracia de Dios!
Y con sus dedos impregnados de furia, la arranchó de su muñeca. Pero en ese preciso momento apareció la hermana Florinda, recontra emocionada por el mensaje del Pastor Jirafá, perdón, Rivas Plata, y se dirige a él con una voz suave y seductora:
—Hermanito, ¿no desearía pasar a la oficina a tomar una tacita de café?
El le dijo:
—¿No será mucha molestia?
—¡De ninguna manera! Pase usted, que le están esperando.
—Después de usted. —Le respondió amablemente a doña Flo, que digo a la diaconisa.
* * *
Mi amiga se quedó sonrojada.
Luego empezó a afligirse, y abatida se abrió paso por entre la multitud que nos miraban a las dos de manera justiciera.
Ella salió caminando como el robotito japonés de la Sony, moviendo sus brazos al compás de sus pasos. Yo le contemplaba paralizada y en silencio.
Ella salió del templo “sonyficada”. Así me di cuenta de que me abandonaba.
La llamé desde la puerta:
—¿A dónde vas? ¡Espérame!
Exclamé a gran voz:
—¡Agape! ¡Agape! ¿A dónde vas? ¡No me dejes!
Pero no respondió. Sólo caminaba hasta desaparecer en las tinieblas de la noche.
* * *
Desde ese momento en que nos desdoblamos, tuve que tomar mi propio rumbo.
Antes, tomé de la banca donde estábamos sentadas las dos su diario, que digo, mi diario, que yo me había regalado en mi cumpleaños.
Lo abrí y lo deshojé. Entre sus páginas estaba la flor, en parte disecada. Era una flor de un hermoso ramo de rosas, que guardábamos como recuerdo.
Entonces se acerca una señorita muy simpática, como queriendo disimular el chasco que ocasionara el Pastor Jirafá, perdón, Rivas Plata, y me dice:
—¡Qué lindo diario! ¡Que linda flor! ¡Conserva su hermosura aunque esté marchita! ¿Es suya? ¡Debe tener un gran significado para usted! ¿Es suya?
Con profunda tristeza respondí:
—Es Agape. Es mi amiga que se fue.
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