ELENITA Y EL IGUANCHI

Por Silvia Olano García

Es harto difundido el temor de los niños por el Cuco, que no no es más que un personaje imaginario con que los papás asustan a los necios y llorones. Les dicen: “¡Ya viene el Cuco! ¡Te va a llevar el Cuco! ¡Te va a comer el Cuco!” Y se callan como por arte de magia. Eventualmente, dejan de creer en el Cuco aun antes que en el Papá Noel.
Pero con el Shapingo es distinto. Así lo llaman en la serranía de Cajamarca, pero en la Amazonía le dicen Tunchi, y los Aguarunas lo llaman Iguanchi. El temor de su aparición te acompaña siempre, sobre todo en circunstancias de gritos desgarradores en la oscuridad. Pregúntale al pastor Teodoberto Romero, si no se estremece ante la inminente manifestación del Tunchi y de las fuerzas del mal.

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Elenita era una niña aguaruna que llegó a ser parte de nuestra familia. Sus padres nos la trajeron de su comunidad llamada “Los Naranjos”. En realidad se llamaba Irene, pero la fonética de su idioma le impedía pronunciar su propio nombre. Dificultosamente decía “Erena”, que pensamos que era Elena, y terminamos por llamarla con este nombre para ella extraño: “Elenita Jempekit” (tal era su apellido aguaruna).
Para mí, que nos criamos juntas, ella es mi hermanita aguaruna, porque le llegué a amar mucho, y la impronta de su hermosa personalidad es visible en mi vida.
Ella vivía segura y feliz entre nosotros, pero el pánico ante la inminente aparición del Iguanchi jamás la abandonó. Y cierto día apareció, y se la llevó para siempre.
Permíteme referir su historia.

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En mi niñez, transcurrida en San Ignacio de Loyola, en el norte del departamento de Cajamarca, en la frontera con Ecuador, los Aguarunas visitaban mi casa frecuentemente y aun teníamos a sus niños viviendo con nosotros mientras aprendían el español y asistían a la escuela. Tal es el caso de Santiago y su hermano Daniel, que regresaron a su comunidad tras culminar su primaria y llegaron a desempeñarse como maestros bilingües.
Para llegar a nosotros tenían que atravezar los ríos en pequeñas canoas y cruzando huaros, transportes de madera suspendidos en el aire por medio de cables de acero. Recorrían a pie caminos difíciles, pero con paisajes de cielo limpio y exhuberante vegetación donde se escuchaban los sonidos de la selva virgen.
Su travesía duraba unos tres días; estoy hablando de la década de los 70. Ahora no tienen que caminar tanto para vender sus productos nativos pues muchos colonos foráneos han formado poblados a lo largo de su ruta.

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Solían llegar en grupos pequeños de seis a ocho personas. Tanto hombres como mujeres llevaban el cabello largo con serquillo tupido sobre la frente, y sus caras estaban marcadas con líneas oscuras de pintura vegetal que impregnaban en su frente, mejillas y mentón.
Mi madre nos contaba que antes las mujeres y los hombres usaban taparrabos que escasamente les cubrían los genitales. El resto de sus cuerpos y los senos de las mujeres, estaban descubiertos.
Para que ellas no atrajesen la atención de sus maridos, las mujeres del pueblo se apresuraban a regalarles vestidos. Pero cuando pasaban a otra casa, presurosas se quitaban las prendas obsequiadas, y con los senos al aire, recibían más ropa que guardaban en sus canastas de carrizos tejidas por ellas mismas, las cuales llevaban sostenidas sobre sus frentes ceñidas con cuerdas.

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Sus productos nativos eran sangre de grado, sebo de culebra, huayruros, ishpingo, ashango, entre otros.
La sangre de grado es una savia espesa y roja como la sangre que se obtiene de un árbol de la Amazonía y es alabada por sus propiedades cicatrizantes y astringentes. Los huayruros son más conocidos: Son esas semillitas de color rojo con manchas negras uniformes que algunos les colocan a los niños como protección contra el mal de ojo. El ishpingo es conocido como “canela amazónica”, y es muy usada por los curanderos. Ellos usan el ashango para curar el susto.
Cuando se nos acercaban, podíamos sentir su olor característico que se debía a su contacto continuo con sus productos nativos. Pero ellos traían algo más, por lo que su llegada era motivo de expectativa: Oro en polvo que obtenían de los ríos y traían a vender en tubos huecos de caña brava.
La gente los acogía con simpatía y les compraba sus productos, aunque no faltaban los esclavos de la codicia que se aprovechaban de su ignorancia para estafarlos y cambiarles su oro por objetos de poco valor, como espejos. Por esto les era urgente aprender el español y el valor de las cosas.

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Mi padre se contaba entre sus principales clientes. En su botica sus remedios nativos se ofrecían al lado de las demás medicinas. También les comprábamos loritos que trepaban libremente por las ventanas y por entre los árboles de mi huerta, a los cuales les enseñábamos a hablar. Uno de ellos nos daba especial alegría, porque de mañana nos saludaba con su entusiasta “¡Buenos días! ¡Buenos días! ¡Buenos días!”
Así se estableció entre mis padres y los Apus Aguaruna, una relación cordial de respeto y confianza, al extremo de que dejaban a sus hijos y a sus hijas con nosotros. Tal vez la extrema pobreza en que vivían los impulsaba a hacer eso, para asegurarles la comida mientras aprendían el español.
Empezábamos a enseñarles por la palabra “mamá”, “papá”, porque mis padres pasaban a ser eso para ellos: Su mamá y su papá.
Después les enseñábamos los nombres de los alimentos, mientras comían: Esto es yuca. Esto es café, pescado, agua, leche, etc. Ellas las repetían tratando de pronunciarlas bien y retenerlas en su memoria. Por su lado, nos enseñaban algunas palabras aguarunas: Yumi es agua; wais es guayusa, una hoja aromática que usamos como té. Múntsu es leche; paámpa es plátano; máma es yuca; apa es padre; dúku es madre; kaíg es hermana, etc.

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La mayoría se adaptaba a nosotros. Pero recuerdo a una niñita que se llamaba Elisa, de unos diez años de edad, que lloraba mucho y no se adaptó, pese a estar con otra niña más grandecita de su comunidad. Ella sólo quería estar al lado de mi madre, quien la trataba con especial dulzura; pero extrañaba mucho a su familia y casi no comía. Cuando hablaba decía: “Papá dice, mamá dice, que vengas, dice.” Agregaba siempre la palabra “dice” a cada una de sus frases.
En la siguiente visita de su gente regresó con su familia. Los Aguarunas son muy sensibles y pegados a su gente y a sus costumbres. Seguramente extrañaba su comida a base de carne de animales que consiguen en el monte, como el sajino, majás, armadillo, mono, aves, peces, suris (gusanos de árboles, de alto contenido proteico), y el masato, una bebida a base de yuca fermentada con la saliva de niños y ancianos que se ocupan de masticarlas y escupirlas en un recipiente.
Actualmente los bosques se van convirtiendo en chacras y hay poca carne y pocos peces por las aguas contaminadas. Por eso en su alimentación han introducido el arroz y los fideos.

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Elenita tenía once años de edad cuando llegó a casa; era muy delgada y de mirada dulce. Era una niña muy inteligente; aprendía rápidamente y se adaptó con facilidad a nuestras costumbres. Se quedó con nosotros varios años, por lo que la separación fue aun más dolorosa.
Llegó descalza y con su único vestidito hecho jirones y enpolvado por la larga travesía. Lo primero que hicimos fue conseguirle un vestido nuevo y un par de sandalias que se las puso apenas le dimos un buen baño. Ya peinada, le colocamos su vincha en el cabello. Mis hermanas y yo disfrutábamos mucho al hacer esto y ver resaltar su hermosura.
Sin embargo, pese al estado de su vestido, ella no quiso desprenderse de él, por lo que una vez lavado lo conservó consigo por un largo tiempo.
También tuvimos que eliminarle los piojos. Para que se dejara, mi hermana Maru le mostró un libro con el dibujo del detestable parásito y se las ingenió para explicarle que lo que hacían en su cabeza esos maldiciaus no era otra cosa que chuparle su sangre.
Mis padres le tomaron tanto cariño, que la mandaron a Lima donde mis hermanas mayores le enseñaron a compartarse como toda una dama.

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Cuando tenía quince años regresó a San Ignacio convertida en una mujer de linda figura y hermoso parecer. Se expresaba bien y tenía lindos modales. Ahora era ella quien nos enseñaba la etiqueta. Cuidaba de que andásemos limpias y bien peinadas y nos enseñaba a sentarnos con gracia, sin separar las rodillas, y a inclinarnos delicadamente cuando había que recoger algo del piso.
Para nosotras, que éramos algo menores, era como una hermana mayor. Una vez me llamó la atención por haber arrojado un papel al piso. No recuerdo lo que me dijo, pero confieso que nunca más lo volví a hacer.
Poco después de su regreso de Lima, mis hermanas y yo estábamos jugando y riendo con ella mientras mirábamos pasar a la gente desde la ventana del segundo piso de la casa. De pronto, Elenita dejó escapar un grito de horror:
—¡Vienen por mí! ¡Vienen por mí! —Dijo, llorando— ¡No me quiero ir!

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Por la ventana había visto acercarse a unos nativos semidesnudos con su penacho al estilo Pizango. El pánico se apoderó de ella, no obstante que sabía que no eran otros que sus padres y su comitiva. Pero sabía; lo sabía desde muy pequeña, que esa manera de aproximarse al lugar donde ella se encontraba sólo anticipaba una cosa: Detrás venía el Shapingo, que digo, el Iguanchi, para llevársela para siempre.
Nos rogó llorando que cuando sus padres preguntasen por ella, les dijésemos: “Ella está en cama, porque le ha dado la gripe.”
Efectivamente, su gente se acercó para pedir que se la entregásemos, y antes que empezaran su discurso mi hermana Maru bajó corriendo las escaleras y les dijo:
—Ella está en cama con gripe.
Los Aguarunas le tienen pánico a la gripe, porque por ser una enfermedad para la cual sus organismos no han adquirido resistencia, les significa la muerte. Se dice que fue la gripe, antes que los cañones de los conquistadores lo que diezmó la población del Imperio de los Incas.
Al oir de “gripe”, se fueron despavoridos.

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Pero volverían. Elenita lo sabía, y temblaba por ello. Pero una travesía tan larga no es cosa de todos los días, de modo que ella tuvo aún un largo período de respiro que aprovechó para alegrar nuestro entorno.
Cuando volvieron no pudimos hacer nada para impedir que se la llevaran. Con mucha tristeza la dejamos partir, llorando todos, porque sentíamos que era parte de nuestra familia y que su separación sería para siempre..
Le preguntamos a mi mamá:
—¿Por qué la tienen que llevar, si es tan feliz con nosotros?
Y ella despejó el misterio:
—Se tiene que ir porque se va a casar. La han destinado para un hombre de su comunidad. Esas son sus costumbres. Nada se puede hacer al respecto.
Así se la llevaron para siempre.

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Nunca he olvidado su mirada triste cuando la llevaban. Su recuerdo me ha llevado a investigar más acerca de los Aguarunas, lo que me gustaría compartir con mis compañeros y catedráticos de la California Biblical University of Peru.
Como en otras culturas, los matrimonios entre ellos son arreglados por los padres de la niña. Se prefiere la unión matrimonial entre parientes, como primos cruzados. Por ejemplo, es novia la hija del hermano de la madre o la hija de la hermana del padre.
Como en los tiempos de Rut la moabita, también tienen la costumbre de matrimonio levirático según la cual, cuando muere un hombre, después de un tiempo de luto su hermano mayor tiene el derecho de casarse con la viuda.
Algunas comunidades se forman alrededor de un núcleo paterno; por ejemplo, un grupo formado por hermanos o por un hombre y sus hijos adultos.
La gente mayor se aferra más a las tradiciones, no obstante que el bosque, principal fuente de sustento de su vida y cultura, también está en riesgo de desaparecer.
Gracias a Dios, su Iguanchi no resultó ser tan Shapingo y nos llegaron noticias de que a su lado estaba bien.

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Cierta mañana, a través del hilo telefónico recibimos una noticia que nos llenó de profunda tristeza y temor:
—¿Ya te enteraste? —Dijo mi hermana— La noticia ha salido en la televisión: ¡Han matado colonos cerca a Los Naranjos!
—No sé nada —respondí— Dime, ¿qué sucedió?
—Esta vez los Aguarunas cumplieron lo que por escrito hicieron saber hace tiempo a los colonos, que si no se retiraban de sus tierras aplicarían su propia justicia.
El hecho ocurrió en la madrugada del 18 de enero del 2002. Los Aguarunas atacaron un poblado de colonos y mataron a nueve adultos y seis niños, por lo que temimos graves represalias.

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La comunidad nativa de “Los Naranjos” es reconocida por el Estado como dueña legítima de sus tierras por Resolución Ministerial del 13 de diciembre de 1979 y una Ampliación en diciembre de 1995. La propiedad se encuentra inscrita en la ficha 3640 del Registro de la Propiedad Inmueble de Jaén. Sin embargo, el 7 de noviembre de 1997 el Proyecto Especial de Titulación de Tierras de Jaén otorgó títulos gratuitos a 116 parecelas en el sector de San Pedro a la Asociación Agropecuaria “La Flor de la Frontera”, en un área sobrepuesta al territorio de “Los Naranjos”, y un grupo de 100 invasores empezaron a ocupar tierras de los Aguarunas.
La comunidad aguaruna de San Ignacio protestó en todas las instancias y logró que se reconociesen sus derechos. El Poder Judicial ordenó cuatro veces el desalojo de los colonos invasores, pero ellos resistían a la fuerza o regresaban a las pocas horas de que la policía se marchaba, ya que apenas se retiraban a un kilómetro de distancia y siempre dentro del territorio aguaruna. Eso fue lo que ocurrió el 12 de enero del 2002 cuando por cuarta vez se intentó desalojar a los colonos.
Debido a los antecedentes se ordenó que la policía permaneciera en el lugar durante siete días, lo que no se realizó, y se permitió que los colonos regresaran tranquilamente. Entonces los Aguarunas se llenaron de indignación y planearon echarlos ellos mismos con el consecuente y lamentable hecho de sangre.

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El periodista Rodrigo Montoya escribió en el diario La República del 29 de enero de ese año el siguiente comentario:

Los cuatro desalojos que el Poder Judicial ordenó en 1999, 2000, 2001 y 2002 quedaron en el papel porque los jueces y la Policía Nacional no tuvieron el interés y la fuerza suficiente para hacerlos cumplir, pero sí la complicidad suficiente para informar a tiempo a los invasores, de modo que cuando el pelotón policial representaba la función teatral de llegar a desalojar se encontraba con fuerzas numerosas contratadas por los invasores. Los valientísimos policías retrocedían y no pasaba nada.
El lenguaje del siglo 16 vuelve: Se trataría de un enfrentamiento entre la civilización y la barbarie. Se supone que el Estado republicano con sus leyes representa a la civilización. Pero, ¿son civilizados los funcionarios del Ministerio de Agricultura que trafican con las tierras vendiendo o regalando títulos en propiedades de las comunidades nativas? ¿Son civilizados los jueces que no son capaces de hacer cumplir sus propios fallos? ¿Son civilizados los jefes policiales que se ponen de acuerdo con los invasores para no desalojarlos?
¿El Estado? ¿De qué estado estamos hablando? En San Ignacio el Estado no cuenta para defender los derechos de los pueblos indígenas. ¿Fueron bárbaros los aguarunas al tener sus tierras debidamente legales y registradas, al recurrir cuatro veces al Poder Judicial?

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La Comisión investigadora del Congreso de la República concluyó lo siguiente:

El problema que tuvo lugar con los invasores ubicados en la localidad de “Flor de la Frontera” fue uno de índole estrictamente sociocultural. Los colonos sabían que los terrenos que invadían pertenecen a la Comunidad Nativa Etnolingüística Aguaruna “Los Naranjos”. Esto queda plenamente demostrado con la expedición de la Resolución Directoral N° 249-99-CTAR-CAJ-DRA de fecha 21 de Diciembre de 1999, por lo cual se denegó la solicitud con número de ingreso 1104 presentada por la Asociación de Colonos que agrupaba a las personas que invadieron los terrenos de la Comunidad referida al pedido solicitado al Ministerio de Agricultura para la titulación de cinco mil (5,000) hectáreas de terreno. En consecuencia, es claro que con la invasión que se llevó a cabo se violó los drechos de propiedad, de posesión y uso de la Comunidad Nativa antes indicada.
Nuestra Constitución Política en su Artículo 2 incisos 1) y 16) reconoce que toda persona tiene derecho a la vida y a la propiedad. En una escala de valores, el derecho a la vida es de mayor importancia que el derecho a la propiedad. . .
La responsabilidad de los actos delictivos llevados a cabo por algunos nativos el 17 de enero del 2002 no puede comprender a toda la etnia aguaruna. Corresponderá al Ministerio Público realizar las investigaciones que conlleven a la identificación de los autores del crimen y al Poder Judicial su juzgamiento y sanción.
El Estado tiene una innegable responsabilidad en el problema suscitado entre colonos y nativos, al permitir a través de los actos irregulares ejecutados por malos funcionarios la expedición de Títulos de Propiedad falsos y al no brindar una solución satisfactoria y oportuna a dicho problema, expidiendo tardíamente la Resolución Ministerial N° 0065-2002-AG de fecha 18 de enero del 2002 y al haber mostrado las autoridades judiciales y policiales incapacidad en el ejercicio de las funciones a su cargo para desalojar a los colonos invasores. . .
El Grupo de Trabajo ha constatado que en las zonas de la Selva Alta próximas a la Cordillera del Cóndor, la presencia del Estado es mínima y en algunos casos inexistente. Esta situación profundiza las brechas culturales e impide el acceso a oportunidades de mejores condiciones de vida para muchos peruanos. Asimismo, no existe un control de las personas que ejercen cargos públicos. Esto motiva que muchas autoridades ejerzan sus cargos sin vocación de servicio y por el contrario, con un criterio y ánimo de lucro o beneficio personal.

Estos sucesos traen a mi mente el pasaje de Isaías 59:14: “El derecho ha sido rechazado y la justicia se mantiene a distancia. La verdad tropieza en la plaza, y la honestidad no puede entrar. La verdad está ausente, y el que se aparta del mal es despojado. El Señor ha visto esto. Y el hecho que no haya justicia es malo ante sus ojos.”

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Las comunidades nativas del Perú enfrentan diferentes problemas relacionados con la supervivencia de sus pueblos. Las leyes los amparan, pero a veces sólo en el papel, y es lamentable que tengan que hacerse justicia a su manera o hacer uso de la fuerza para que se les preste atención, como en el caso de la Comunidad Achuar de Loreto, que en el año 2006, tras muchos años de infructuosos reclamos, del dolor y la impotencia ante la muerte de su gente debido a las enfermedades producidas por la contaminación de las aguas, como medida desesperada tomaron las instalaciones petroleras de Pluspetrol tras lo cual consiguieron firmar un acuerdo con el Estado peruano que ellos describen así:

Hoy, 24 de octubre, ¡ya festejamos la paz!
Este día será un día en que celebraremos el triunfo de la verdad sobre la injusticia y la muerte. Hemos logrado acuerdos para empezar a evitar la contaminación de nuestros ríos, quebradas, tierra y lagos, para asegurar nuestra alimentación, atender la salud de nuestros hijos y el Estado se ha comprometido a compartir el 5 por ciento del canon petrolero en beneficio de las comunidades ubicadas en las zonas de explotación petrolera, pero principalmente hemos dado un paso gigante hacia la dignidad, el respeto que nuestros pueblos indígenas se merecen y hacia nuestro histórico anhelo de autodeterminación. Nos guía nuestro ARUTAM, que el el Dios del Amor, la Verdad y la Vida, que es el mismo del que hablaron Buda,. Jesús y Gandhi.
Queremos decir a todos, ¡cual bella puede ser la vida humana, los bosques de la Amazonía, los animales y las plantas, si todos vivimos respetándonos y en armonía con la naturaleza! Nosotros conocemos esa vida y siempre queremos vivir así. Desde nuestro territorio, en un rincón de la Amazonía, nosotros los Achuares, Urarinas y Quichuas se la ofrecemos al mundo.
¡Gracias a la fuerza espiritual del Arutam, seguiremos firmes y algún día totalmente felices en nuestro territorio!

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Los Aguaruna, o como ellos se llaman, Awajúm, han llegado a ser mejor conocidos gracias a los estudios realizados en la California Biblical University of Peru (CBUP), como la Tesis de Grado del Dr. Augusto Pecho Cerrón, que incluye una bien documentada historia sobre ellos que lleva el título de “Un viaje al más allá”. El describe el largo viaje, lleno de peripecias, hasta llegar en misión a las tierras de los Aguarunas. El título de su historia deriva de la expresión de su hijita pequeña, para quien “el más allá” significaba simplemente, el lugar más remoto, como las tierras de los Aguarunas.
En el Aula Magna de la CBUP el Apóstol Trepanación de la Mancha se refirió a ellos al comentar las noticias del día acerca de la revuelta en que se vieron envueltos varias comunidades Aguarunas en el 2009 a raíz del levantamiento dirigido por un líder aguaruna, Alberto Pizango, y los bloqueos que produjeron en la región de Bagua. Una vez sofocada la situación, las comunidades aguarunas esperan que el gobierno y la nación puedan atender de una manera más responsable sus derechos y necesidades en una región tan olvidada del país.

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Los Awajúm forman parte de la familia etno-lingüística de los Jíbaros que habita en el distrito de San José de Lourdes, provincia de San Ignacio, en la región nororiental del departamento de Cajamarca. De acuerdo al censo de comunidades nativas del INEI en 1993 ellos forman las comunidades nativas más numerosas del país, con 45,137 miembros. Se distribuyen en la selva alta de la Amazonía peruana entre los departamentos de San Martín, Amazonas, Cajamarca y Loreto, en las zonas del Alto Mayo, Alto Marañón, San Ignacio y Alto Amazonas.
Según el antropólogo Dr. Michael F. Brown, la referencia histórica sobre las comunidades jibaroanas se remonta a los fallidos intentos de los incas Túpac Yupanqui y Huayna Cápac por extender su dominio sobre las comunidades jíbaras.
Los conquistadores españoles tuvieron sus primeros contactos con los jíbaros cuando fundaron Jaén de Bracamoros en 1549. “Bracamoros” fue el nombre que los conquistadores dieron a los “guerreros Pakamuros” que habitaban la zona y a quienes utilizaron en la explotación del oro de la región, ocasionando la gran rebelión jíbara de 1599, en que los españoles perdieron el control de la región.

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Debido a los continuos fracasos por conquistar a los jíbaros, en 1704 se prohibió a los Jesuitas continuar con su labor misionera en la región, quedando los Aguaruna fuera de contacto con la civilización hasta mediados del siglo pasado, cuando las relaciones entre los Jíbaros y los colonizadores blancos y mestizos eran muy hostiles. Sin embargo, tres instituciones lograron establecer contacto pacífico con ellos a través de la evangelización y la educación. Aunque algunos grupos Aguarunas prefirieron, como los animales silvestres, internarse aun más en la selva.
El primer contacto moderno lo realizó en 1925 la Misión Evangélica Nazarena, con los esposos Roger y Mary Winans que llegaron al Perú en 1914 y desembarcaron en Pacasmayo sin ninguna recomendación y con pocos recursos, pero con el anhelo de llegar a los Aguarunas. Once años después el pastor Winans se encontraba enseñando a leer y a escribir a los nativos en la Escuela Wachinsa.

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En 1947 un grupo del Instituto Lingüístico de Verano (ILV) llegó al territorio aguaruna y más adelante, con la yuda del gobierno, crearon las Escuelas Experimentales Bilingües en los poblados nativos de Napuruca, Chiqueís, Numpatquen, Utah, Chinaca, Tuntungos, Nazaret y una escuela monolingüe en Yamayacat, atendiendo a un total de 400 alumnos.
Uno de los propósitos de estas escuelas era evangelizar a los aguarunas y convencerlos de aceptar la “civilización”. El ILV decía que con la evangelización el individuo Aguaruna “ya no se siente despreciable y pisoteado. Cristo murió por él, y la vida toma un nuevo significado”.
En 1975 el ILV presentó el Nuevo Testamento traducido al aguaruna, cuyo uso se difundió rápidamente.

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En 1949 los Jesuitas establecieron su misión en Chiriaco, Bagua, y brindaron educación a los Aguarunas a través de una escuela internado a cargo del Padre José Martín Cuestas, quien en una de sus Cartas al Provincial y Prefecto Apostólico da algunos datos sobre la idiosincracia de los nativos:

Gracias a Dios en estos momentos no tenemos que lamentar ninguna epidemia como la del sarampión del año pasado, que tanto nos dio que hacer. Los Aguarunas a este respecto están ahora tranquilos, sobre todo los que viven por aquí cerca y nos visitan con frecuencia. Los que viven lejos metidos por los centros de su intrincada selva, andan siempre en guerras y matanzas interminables por su tan fanática creencia en brujerías. Es bien difícil quitarles de la cabeza esta idea de la brujería. La llevan en la sangre. Siempre que se muere alguien en su familia les brota enseguida el fanatismo del brujo y la obsesión de la venganza.
Todos los domingos en la catequesis doctrinal que tengo con los Aguarunas ya bautizados y con los catecúmenos, les inculco una y otra vez que se dejen ya de creer en brujerías, que esa idea se la mete en la cabeza el demonio (Iguanchi) para acabar con todos los Aguarunas y llevárselos a los infiernos. Algún efecto van haciéndoles mis prédicas, pero dudo mucho que sea duradero porque el Aguaruna es muy aferrado a sus creencias y tradiciones.

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En febrero del 2005, tres años después de la masacre, mi hermano Demos partió hacia “Los Naranjos” acompañado por misioneros nacionales. Temían que los nativos los confundiesen con colonos que buscan sus tierras, por lo que recurrieron a un aguaruna conocido que les sirviese de guía.
Pronto ubicó a nuestra Elenita, y en la foto que adjunto pude volverla a ver. La foto fue tomada delante de su casa, una choza de carrizos con techo de paja de forma circular. Dos hermosos loritos adornaban la entrada y con sus chirridos dieron la bienvenida a los visitantes. Esbozando una ligera sonrisa estaba Elenita junto a su esposo y sus hijos. Su hija mayor, que lleva el nombre de mi hermana, Cedina, no se encontraba en las inmediaciones.
Elenita se alegró al oir de nosotros. Demos me refiere: “Su casa es una de las pocas que conserva el diseño nativo. Las demás son construcciones de madera como en las zonas urbanizadas de la selva. La tierra es poca para toda la comunidad. Hay mucha pobreza. Sus provisiones se habían agotado y no habían logrado cazar nada. Lo único que tenían para comer en todo el tiempo era yuca con sal. Creo que le dio mucha pena no tener algo más para ofrecerme. Pero ella y su esposo se han esforzado para darles a sus hijos lo más importante: Educación.”

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Hace poco visité mi ciudad natal, y una mañana, cuando atendía en la librería de mi hermana, entró un joven a preguntar por cierto material. Le respondí que no lo teníamos y pensé que se marcharía. Pero no se movió; más bien me miró sonriendo y me preguntó:
—Usted hija de don Abdón, ¿verdad?
—Sí, así es. ¿Usted lo conoció?
—No. Pero pero mi madre nos ha hablado mucho de ustedes.
—¿Quién eres? ¿Quién es tu madre?
—Mi nombre es Juan Yentekit. Trabajo como maestro bilingüe en la USE de San Ignacio. Mi madre se llama Irene, pero ustedes la llamaban Elena.
Sentí gran emoción al conocer a “mi sobrino” y saber que Elenita estaba bien. No pierdo la esperanza de volverla a abrazar, y anhelo que un día se cumpla para la comunidad aguaruna lo que vislumbró el profeta Amós: “Que el derecho corra como agua y la justicia como arroyo permanente.”

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